A Manu Leguineche, profesor de periodistas y de tipos decentes

Era inevitable. Llevaba período en silencio, contemplando el mundo y a los amigos que iban a verle a su retiro de Brihuega, en plena Alcarria, rodeado de sus libros, de sus pilas de periódicos, de su recuerdo.Manu Leguineche acaba de entregar su ulterior aliento, es decir, su pluma, que casi siempre era un bolígrafo, un teletipo, una aparato de escribir, un ordenador.

¡Maldita sea! Aunque tenía que llegar, porque ya estaba más allá que acá, que se lo lleven los diablos a único de los nuestros duele más que una muela del sensatez que jamás tuvimos como él. Lo mejor que podemos hacer será seguir leyéndole, que ahí están sus libros vivos como recién escritos, no en vano cultivó un especie de gran predicamento en el mundo anglosajón, pero que aquí no siempre hemos conocido reconocer (es decir, leer) como se merece: un cóctel explosivo y apasionante de viaje, investigación histórica y sobre todo periodismo a pie de labor, es decir, mezclándose con el paisaje, con la personas, con los otros, los que padecen la historia y la escriben con las uñas, los dientes, el sudor, las lágrimas y la risa.

Ayer por la mañana, buscando en El argonauta un libro de un varón al que tengo que entrevistar el sábado, pasé ante el chaflán donde los azulejos blancos y azules del restaurante El reino invitan a entrar. Es único de esos antros castizos de buen tenedor y cero pretensiones donde una vez compartí mesa y mantel a cuadros con Manu Leguineche y Gervasio Sánchez hace ya excesivo período, y donde escuchamos deslumbrados su manera de hablar y de estar en el mundo.

Tres cualidades imprescindibles

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