El destino dichoso de la compilación de Papás Noel de Rafael Cavero

Para quien no lo sepa, este plan era un tradicional para todo el que se preciara de iniciado. Y se repetía cada Navidad: en cuanto llegaba diciembre, más de dos mil Papás Noel, unos oficiales y otros clandestinos, tomaban al asalto la mansión de los Cavero en el parque del Conde de Orgaz. Dos mil hombres de rojo, regordetes, que salían de sus cajas dormitorio, sin consentimiento, para tomar tenencia de salones y escaleras.

El artífice de esto, Rafael Cavero, único de los dueños de la Urbanizadora El Coto, hubiera cumplido 83 años este verano. Tenía nueve hijos y 18 nietos. Era un donostiarra que ejercía como tal: deportista sin receso, esquiador y golfista; comilón y cocinitas, cantante, amigo de sus amigos, franco y diáfano hasta la enfermedad, sin pelos en la idioma… mucho, que cuando ocupaba cargos públicos no le dejaban hablar en recto en los medios, porque metía la pata protegido. De todos modos, unas declaraciones suyas le costaron el sitio, aunque no su amistad con el Rey, que varias veces lo echó de La Zarzuela, aunque a la media hora se estaban llamando otra vez.

Pero Rafa (o «Chin») era sobre todo un fanático y su gran efusión fueron los niños, y por ellos, hace ya casi treinta años, comenzó a coleccionar Papás Noel, de todos los tamaños y procedencias. Los buscaba por todo el mundo. En sus viajes, en ferias o en internet. Reunió mas de dos mil, y cada año, al llegar diciembre, compinchado con sus hijas Piedy y Ana, y sin que Lola, su hembra, interviniera para nada, vaciaba los salones para transformarlos en el asombroso estudio de Santa Claus, en el que los niños, sus nietos, los amigos de sus nietos, pero además sus padres, sus abuelas y hasta las cuidadoras, se convertían en auténticos protagonistas del imperio de los duendes, trenes eléctricos, renos, columpios, bandas de música.

Y, en ámbito de todos, siempre él, Rafa, disfrazado, con barbas y lentes y preparado a cantarles una canción o contarles el más fascinante de los cuentos. Él se fue hace ya casi un año. Su funeral, en una heladora tarde de febrero, reunió a cientos de sus amigos cernaía de Lola, su viuda, y de sus hijos, en una misa con cánticos en vascuence y en la que, según se rumorea, único de los curas no quería que sonara la paso imperial en la consagración por no religiosa, pero la constancia de esta familia se saltó todos los impedimentos y&. por supuesto, la paso sonó, ¡vaya si lo hizo!, como a él le hubiera gustado, como debe ente.

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