La invención de Hugo y… Méliès

Hubo quien se sorprendió de que el posterior idea de ficción de Martin Scorsese, tras la alucinatoria Shutter Island, fuera la adaptación de una novela juvenil, «La invención de Hugo». Pero realmente, para quien la conociera, no había nada de extraño: al término y al cuerda, y sobre todo, Scorsese ama el cine como pocos (como demuestra su indispensable documental «Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano», de 1995), y el libro de Brian Selznick es, sobre todo, un homenaje a quien, para muchos, es el verdadero padre del cine: George Méliès(1861-1938).

Porque si hemos de ente justos, personas como los hermanos Lumière o los ingenieros a paga de Thomas Alva Edison pusieron las bases técnicas para el nacimiento del cinematógrafo, pero fue esencial que alguien comprendiera en toda su prolongación el potencial artístico y de distracción del reciente instrumento. Ese alguien fue Méliès.

Procedente del mundo del teatro y de la brujería, donde era todo un maestro en montar ilusionismos y trucos que dejaban al público boquiabierto, Méliès se hizo con único de los primeros cinematógrafos, y comenzó a descubrir (como de manera paralela haría además el español Segundo de Chomón) las posibilidades que tenía para el trucaje: cómo deteniendo el rodaje, quitando personajes y cortando fotogramas podía hacer desaparecer repentinamente a un actor; cómo jugando con las perspectivas podía hacer que un gigante se moviera entre un categoría de enanos; o cómo, con las sobreexposiciones, un personaje podía literalmente perder la cabeza y hacer que ésta cobrara emancipación.

Bala en el ojo de la luna

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