Peter O’Toole, maldito a interpretar personajes históricos

Como ocurre con muchos otros actores, de favoritismo británicos, que han compartido el cine con el teatro, es dable que los cinéfilos jamás hayamos podido ver el mejor labor profesional de Peter OToole: quizá su Shylock, su Petruchio o su Hamlet contuvieron ya prematuramente la esencia de su arte, cuando era una de las estrellas jóvenes de la escena inglesa. Pero su labor para el cine no anda escaso en interpretaciones memorables, precisamente, aunque le basta con una para figurar en el mausoleo del séptimo arte: para el gran público su nombre evocará ahora, en el instante de su desaparición, la figura de T. E. Lawrence.

Lawrence de Arabia fue, en consecuencia , la película que en 1962 le colocó en el plano, al comienzo mismo de su carrera cinematográfica, y el actor debió pasar los cincuenta años subsiguientes hasta que anunció su retirada oficial en el año 2012- negociando la pesada legado de haber quedado marcado para siempre por un personaje complicado, atormentado y neurótico, pero cuyos demonios interiores no le impidieron cambiar el curso de la Historia.

Sentido corriente de autoridadA la penumbra de este Lawrence, la carrera de Peter OToole pareció condenarle a encarnar y los críticos remarcaron cómo su segundo enriquesegundo era muy dispar, menos amanerado que el previo. OToole proyectó durante toda su vida profesional un significado corriente de autoridad que le llevó a encarnar este tipo de personajes, sobre todo en producciones americanas (ya se sabe que para los americanos un buen acento inglés es fianza de clase): así, y hasta el desenlace mismo de su carrera, fue un aristócrata menguado y demente que se creía Jesucristo en «La clase dirigente» (1972), fue emperador en «Calígula» (1979), fue un magnánimo y coach de un irrealizable John Goodman en la paródica «Rafi, un rey de peso» (1991), emperador de Liliput en «Los viajes de Gulliver» (1996), rey en «Troya» (2004)&

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