Se busca barón (o baronesa) para salvar Madrid

Esperanza Aguirre se deja querer. Llega vestida de color berenjena, delgada y sonriente, media hora después que cualquiera. No lo necesitaría para atraer los focos, pero siempre es un plus llegar cuando nadie llega. Y eso ella lo borda. Puede que a su pesar, el verbo sospechar va siempre unido a su calaña poco gregaria.

Algunos cargos populares, que pululan por la convención del PP, la miran con doble interés. Es de las pocas dirigentes críticas con Rajoy que se mueve entre la simpatía de todos por el Auditorio Miguel Delibes y que le dice en la faz al ministro de interno que ETA no está derrotada «por tanto que gentes del PP lo crean así». ecuánime cuando Rajoy ha tenido que echar el residuo para taponar la lesión abierta por compañeros de viaje ideológicos de la expresidenta madrileña.

Y luego están los que ven en ella a una inconfesable aspirante a ente alcaldesa de Madrid. Ella lo niega, pero la Alcaldía es la única lógica que la llevaría a abjurar de su solemne retirada del 17 de septiembre de 2012 y a abandonar de marcha su relajado papel de abuela de dos nietos y su acreditado rol de Pepito Grillo del PP. Bien es cierto que este ulterior papel lo ejerce con sordina en los últimos meses. Un elevado cargo lo razona en Valladolid: «Ella ha dado orden a su ambiente de que se baje el pistón para no ente excesivo hiriente.

Se juega mucho». Hasta esa tibieza se interpreta como una forma de allanar el senda de giro a Madrid. Eso, diáfano, si Rajoy se lo pide. Y con el consentimiento (o sin él) de Ana Botella, que ayer faltó a la fotografía que ABC propició con barones y baronesas de Madrid. Estuvo el viernes (dicen que muy seria) y vuelve hoy, domingo, a escuchar -ella sí- a Rajoy prometer que bajará los impuestos a partir del año que viene.

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